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Historia
Los indígenas que actualmente habitan Venezuela son
descendientes de aquellos primeros pobladores que llegaron a
nuestro territorio hace miles de años provenientes de
diferentes puntos de la tierra, principalmente de Asia. Aunque
somos muy parecidos unos a otros, hay diferentes maneras de
ser indígena.
Por ejemplo los Yekuana y los Warao son reconocidos como
excelentes navegantes y constructores de curiaras, pero
habitan en lugares distantes y sus idiomas y algunas de sus
costumbres son diferentes. Los Yekuana viven en la selva del
Amazonas y la Guayana venezolana donde abundan los tepuyes y
nacen muchos de los ríos tributarios del Orinoco. Construyen
unas hermosas y grandes casas circulares de techos cónicos
llamadas churuatas.
Los Warao por su parte, habitan en el Delta del Orinoco
desde hace miles de años. Allí, sobre las aguas de los muchos
caños que conforman el delta, levantan sus casas encima de una
estructura de pilotes. Estas casas, muy parecidas a las que
construyen los Añu o paraujanos en la Laguna de Sinamaica
(Estado Zulia), son las que conocemos como palafitos.
Pero para todos los pueblos indígenas, así como para el
resto de los venezolanos y muchas otras sociedades, el
bienestar de la familia y la educación de niños y jóvenes, es
lo más importante.
De acuerdo al Censo Indígena realizado en 1992, la
población indígena de Venezuela sobrepasaba las trescientas
mil (300.000) personas pero algunos consideran que en realidad
son más de quinientos mil (500.000) indígenas, divididos entre
unas veinticinco etnias. Cuando hablamos de una etnia, un
pueblo o una comunidad indígena, nos referimos a un grupo
humano que posee su propio idioma, creencias y costumbres y
cuyos miembros se reconocen entre sí como parientes o
descendientes de un origen común.
Es importante señalar que la mayoría de nuestros pueblos y
comunidades se localizan en las fronteras, en las zonas
limítrofes con Brasil, Colombia y Guyana.
La Diversidad de los Pueblos Indígenas
Es difícil saber a ciencia cierta el nómero exacto de
pueblos indígenas términos utilizados como sinónimos para el
Censo Indígena que existen en el país o en cualquier otro país
con poblaciones análogas. Después de largos cotejos y un
complejo proceso de toma de decisiones, el Censo Indígena optó
por incluir el total de 28 pueblos indígenas, pero ello no
debe tomarse como verdad definitiva y absoluta sino como una
buena aproximación práctica que permite la operatividad
necesaria en un campo de actividades donde ocupa un lugar muy
destacado el criterio demográfico, además del antropológico y
lingüístico. De este modo es factible que para otros censos se
llegue a trabajar con un nómero mayor o menor de etnias, aun
en el caso de que la situación indígena global que prevalece
en el país no sufra mayores alteraciones.
En efecto, sin necesidad de agregar o quitar poblaciones
reales, basta con cambiar uno o varios criterios
clasificatorios para que salga un nómero distinto de
denominaciones étnicas. Como en cualquier hecho de alguna
complejidad, los criterios son variados y en alguna medida
divergentes y hasta contradictorios: autoidentificación de las
personas, identificación a partir de las poblaciones vecinas o
alógenas, identificaciones hechas por especialistas y
conocedores, autodenominaciones y heterodenominaciones,
cultura global distintiva, alguna característica colectiva
particularmente destacada; pero predomina por encima de todo
la llamada Identificación lingüística, es decir, el idioma o a
veces la variedad idiomática empleada por determinado grupo
humano, en tanto diferente o contrastante respecto de las
hablas vecinas.
No resulta difícil la escogencia inicial -a-veces casi
intuitiva- de la lengua como criterio fundamental de
clasificación étnica. Salvo situaciones límites, es fácil
establecer cortes discretos entre sistemas lingüísticos
inclusive afines. De este modo, se dice que en tal comunidad
la gente habla yaruró, en la otra guajibo y en la de más allá
español o cualquier otro idioma. En términos contrastivos tan
simples cualquier equivocación resulta imposible. Además no
parece haber rasgo alguno que sea tan fácil de precisar como
un hablar característico.
Sin embargo cuando se desciende a la realidad concreta
surgen complicaciones que dificultan significativamente el
trabajo clasificatorio, aun utilizando un criterio
aparentemente tan unívoco y transparente como lo es el
lenguaje. Cuando se trata de hablas muy disímiles como el
yukpa y el barí, por ejemplo, no tiene que surgir ninguna duda
razonable; pero en el caso de variantes dialectales de una
lengua no se da una fundamentación segura para la separación
de identidades étnicas, a menos que se utilicen criterios
distintos de lo lingüístico. Un caso típico es el de los
guajibos y los kuivas, que han sido agrupados bajo el mismo
rubro de "guajibos", más exactamente como diferentes subgrupos
de guajibos, por este Censo; mientras que en otros trabajos de
diversa índole los kuivas aparecen; como una población
indígena particular. Es cierto que hay una ínter comprensión
mutua entre unos y otros, tal vez en el mismo grado que la
existente entre hablantes del español y del italiano, es
decir, probablemente menos que entre el español y el
portugués. En lodo caso, nadie diría que las dos poblaciones
poseen un lenguaje idéntico. Al mismo tiempo, las
discrepancias culturales son bastante obvias, si bien la
autodenominación puede coincidir hasta cierto punto, por
utilizar ambos grupos el término "jiwi" (gente). Este solo
ejemplo ayuda a demostrar lo delicado que es establecer
límites dentro de un continuo, como es el caso de los grandes
diasistemas lingüísticos que sólo cambian gradualmente, de
comunidad en comunidad o de región en región. Por ello no
debería extrañamos que más adelante los guajibos y los kuivas
figuren en rubros censales separados, o que se hagan otros
acomodos de esta naturaleza, bien sea uniendo lo que estaba
separado o viceversa.
La opinión póblica no especializada desconoce hasta qué
punto las lenguas indígenas son o pueden ser diferentes entre
sí, aun habiendo idiomas muy parecidos por el hecho de
pertenecer a una misma familia lingüística. Muchos incluso se
sorprenden al informárseles que la diferencia puede ser
equiparable a la que se da entre el español y el chino o entre
el español y cualquier otro idioma amerindio. Desde los
albores del contacto, ha habido la preocupación de agrupar y
clasificar las lenguas nativas de América, y hoy día se ha
llegado a un refinamiento que es imposible reflejar en una
breve reseña. Dejando de lado clasificaciones más atrevidas,
entre las lenguas indígenas de Venezuela están representadas
las siguientes familias lingüísticas bien establecidas: arawak
(baniva, baré, kurrpako, wayuu, añó, piapoko, warekena,
yavjtero); caribe (akawayo, kariña, japreria, makushi, mapoyo,
panare, pemón, yekuana, yukpa. yavarana) chibcha (barí);
tupí-guarañí (ñengató). Las demás lenguas ubicadas en
territorio venezolano se clasifican como independientes, ya
que hasta la fecha ninguna investigación las incluye de manera
incontrovertible en las familias fundamentadas en semejanzas
sólidamente comprobadas y reconducidas a un comón origen
histórico.
Como subproducto lamentable de la aculturación inarmónica,
ocurre en varias etnias la pérdida paulatina de la lengua
materna en las nuevas generaciones. Sin embargo, este hecho no
significa la separación automática de los no hablantes ni su I
des identificación respecto de su matriz de origen, ya que
muchas de estas personas continóan viviendo en las mismas I
comunidades, comparten características culturales similares y
I pertenecen a las mismas familias. Dada esa continuidad y
coincidencia, así como en numerosos casos su admisión
consciente por parte de los individuos involucrados, el Censo
Indígena nunca ha tenido óbice en reconocer como indígenas a I
los descendientes directos de hablantes de lenguas
étnicas.
La situación se vuelve aón más complicada cuando se trata
de comunidades históricamente rastreables como indígenas, pero
ninguno de cuyos miembros conoce la lengua autóctona y a veces
hasta ignora el tipo de lengua que hablaban sus ancestros. De
todas maneras, muchas comunidades con tales características,
sobre todo aquellas que siguen conservando importantes
elementos tradicionales de raigambre amerindia, se autodefinen
como indígenas, particularmente en el Oriente del país. Si
bien no faltan casos en que dicha auto identificación está
afincada en la posesión de antiguas tierras comunales o en un
constante litigio por recuperarlas, el fenómeno de las
llamadas "comunidades indígenas genéricas" no debe ser
desdeñado o pasado por alto por la antropología u otras
disciplinas sociales.
Al fin y al cabo, ni la lengua es el ónico criterio
clasificatorio posible, ni existe razón alguna para asignarle
a la categoría "indígena" atributos históricamente indelebles,
ni mucho menos nos incumbe negarle a un grupo humano el
derecho a identificarse de tal o cual manera, sobre todo si
para ello aduce razones históricas contundentes. En todo caso,
el problema de los "indios genéricos ", de quienes los
"caribes genéricos" de Píritu del Estado Anzoátegui y otras
zonas orientales constituyen un importante exponente, sigue en
pie y posiblemente tenga que ser asumido por futuros censos
indígenas, como ya de hecho ocurre en Brasil, Colombia y otros
países de América.
Sin ánimos de agotar el tema, es significativo que tanto en
Venezuela como en otras partes el término indígena ha venido
ganando inclusividad en años recientes. En las condiciones
actuales, es insuficiente y ahistórica la concepción
estereotipada que identifica lo indio con sus manifestaciones
culturales más tradicionales sin que ello signifique
desconocer la legitimidad y valor simbólico de tales
componentes ancestrales de cada cultura. Así como el
liquilique no define necesariamente al venezolano, tampoco el
guayuco o la manta guajira -de hecho una prenda de origen
colonial son implementos imprescindibles para una
identificación étnica.
Para concluir, hacemos hincapié en la idea de que tanto por
razones estructurales como históricas es imposible y hasta
innecesario postular criterios definitorios estáticos,
dogmáticos e invariables para diferenciar al indígena del
criollo o a las diversas etnias indígenas entre sí. Pero sí
existen y son perfectamente accesibles distintos criterios
diferenciadores -entre los cuales el factor lingüístico, sin
ser el privilegiado, es el de más fácil aplicación- que
resultan suficientes y de utilidad operativa inmediata, para
definir y clasificar en forma ordenada la inmensa riqueza y
variedad cultural que significa la presencia de poblaciones
cuyo origen histórico remonta a tiempos previos al primer
contacto con formaciones socioculturales no amerindias.
Lingüista Esteban Emilio Mosonyi
Algunos Problemas Relativos a la
Trascripción de los Nombres Étnicos y de las
Autodenominaciones
No hay necesidad de insistir en la complejidad inherente a
la nomenclatura de las etnias indígenas, sobre todo en el
decurso histórico que ha generado multitud de variantes
gráficas y cambios aun más sustanciales. Por tal motivo el
Censo Indígena, como cualquier trabajo profesional serio, tuvo
que enfrentarse desde el principio con la tremenda dificultad
de asignarle un nombre a cada etnia, sin lo cual habría
resultado imposible realizar el Censo como tal, ante el cómulo
de contradicciones que hubieran surgido en cada caso.
A todas las dificultades históricamente presentes debe
añadirse una de corte más reciente, la cual consiste en
aplicar su autodenominación algo muy similar a la misma a un
nómero creciente de etnias que pugnan por reivindicar todo su
patrimonio cultural, incluyendo su nombre colectivo. Por
ejemplo, durante .largo tiempo la gente se conformaba con la
palabra "guajiro", algunos inclusive escribían "goajiro",
engendro casi impronunciable, sin que nadie se percatara, sin
excluir a los propios indígenas sumidos en la vergüenza
étnica, de que el, verdadero nombre o autodenominación de este
pueblo es wayuu. En la actualidad el Censó Indígena se ha
visto forzado a admitir esta autodenominación por la actitud
justificadamente beligerante de las propias organizaciones
indígenas. De todos modos, durante los óltimos años un nómero
creciente de no indígenas está aprendiendo a reconocer e
interpretar dicho término que ya circula profusamente en los
órganos de prensa, si bien muchos se extrañan por la grafía
"w", justificada en el idioma indígena mas muy poco utilizada
en el español.
Para abreviar estas consideraciones, baste con constatar
que ya existe un conjunto de autodenominaciones que han
expulsado los anteriores nombres impuestos, de una forma
virtualmente irreversible. El Censo Indígena'92, por ejemplo,
habla de warao en vez de "guarao" o "guaraóno"; de pumé en vez
de "yaruro "; de añó en vez de "parau jano "; de yanomami en
vez de "guaica", al extremo de que este óltimo término se
tornó obsoleto. Sin embargo, con otras autodenominaciones
sigue habiendo problemas, bien sea por tratarse de nombres
escasamente conocidos fuera del ámbito indígena, por haber
serios desacuerdos entre los mismos indígenas en cuanto a la I
grafía exacta que haya de utilizarse, incluso por lo
impronunciable en español que sería hasta una forma
simplificada de ciertas autodenominaciones.
Tal vez, el caso más llamativo sea la autodenominación
wotuja [ü' wóthiha] mediante la cual la propia etnia
interesada trata de suplantar la heterodenominación piaroa.
Pero sucede que prácticamente ningón "criollo" conoce dicha
autodenominación, cuya pronunciación correcta es además
imposible para cualquier persona no versada en lingüística.
Mientras tanto, la palabra d piaroa tiene, mal que bien, una
amplia aceptación en Venezuela y el exterior, de suerte que su
reemplazo podría crear confusiones muy difíciles de
sobrellevar y justificar en el presente momento. Es posible
que a mediano plazo vaya ganando terreno el nombre: wotuja,
pero aón así es dudoso si el Censo Indígena '92 o cualquier
otro documento o texto destinado a circular profusamente en
medios lingüísticos heterogéneos deba utilizar desde ahora una
forma netamente minoritaria, por decir lo menos. Albergamos el
temor de que un uso prematuro y la exagerado de las
autodenominaciones, lejos de ayudar a consolidar las etnias y
su cultura, sólo llegaría a convertir el tema indígena en algo
más esotérico e inasible. Obviamente, en textos redactados en
lenguas indígenas, las autodenominaciones tienen que figurar
sin discusión posible; pero tal vez no quepa ser tan radicales
en el contexto escrito del español u otras lenguas de origen
europeo. Sólo hay que recordar que para decir "alemán" no
usamos en español la autodenominación "deutsch" ni
"syuomalainen" para decir "finlandés".
Para cerrar este punto recomendamos dar preferencia a las
autodenominaciones en la medida de que hayan adquirido alguna
difusión y aceptación, sin caer en un dogmatismo forzado. Por
lo pronto, parece preferible emplear eñepá por panare, jiwi o
jivi (existen ambas formas) por guajibo, sólo a título
experimental, al menos al tanto la presencia política y
cultural de es las etnias nos lleve a adoptar una decisión
distinta.
Hay otro problema fundamental que debemos tocar al margen
de la polémica entre autodenominaciones y
heterodenominaciones. Se trata de la forma ortográfica exacta
que habrá de fijarse para cada nombre étnico, al menos para
efecto del Censo y otros documentos oficiales. En este
particular, el uso etnográfico internacional -en buena parte
establecido por autores de lengua inglesa, francesa y alemana-
ha logrado difundir ciertas gracias que a veces chocan con los
hábitos ortográficos más netamente hispanos o hispano latinos.
Tampoco en esto es aconsejable adoptar una postura cerrada e
intransigente, pero hay que reconocer que se dan ciertas
tendencias muy difíciles de contrarrestar en las actuales
circunstancias.
Así por ejemplo, aparte de ciertos lexemas netamente
hispanizados, como la palabra caribe, por ejemplo, las
denominaciones étnicas parecen poco propensas a admitir el uso
de la "c" y la "q" con valor de "k", o el empleo de la
secuencia "qu" con valor semiconsonántico, utilizado
históricamente sobre todo en la sílaba diptongada "gu". Por
tal motivo, para lograr un mínimo de coherencia y unidad de
criterios, nos parece viable emplear siempre la "k" y la "w"
en denominaciones como akawayo, uruak, kariña, kurripako,
piapoko, warao, warekena; yekuana. En muchas versiones,
algunos de estos nombres llevan un apóstrofo en representación
de una oclusión glotal o saltillo () que jamás se pronuncia en
la escritura hispanizada. Por tanto no nos parece procedente,
escribir en contexto hispánico ka'riña, e'ñepa, ye'kuana.
Tampoco parece posible ya por razones históricas, escribir
"wajiro" y "wajibo", aun cuando ello permitiría una mayor
homogeneización de criterios en relación con formas como wayuu
y warao.
Lingüista Esteban Emilio Mosonyi |